Historia del Señor de los Milagros
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Muerte de la Madre Antonia Lucia del Espíritu Santo


     Después de 7 años de cumplimiento de sus deberes y obligaciones, en el Santuario del Santo Cristo de los Milagros, cayó enferma seriamente, los medicos la visitaban y trataban pero sin poder dar con el mal que la aquejaba. Cuando cayó enferma ya tenía 63 años y no por eso dejó de lado su riguroso régimen de penitencias, ayunos y disciplina. Cuando se agrabó sufría indecibles dolores, aclamando “gracias a Dios... hágase la voluntad de Dios”.
    Siendo las dos de la tarde del 17 de agosto de 1709 en presencia de sus hermanas y del doctor Galván, se puso de pie rápidamente después de ponerse la mantilla en su cabeza la misma que le cubría todo el cuerpo, sin que nadie le ayudara a levantarse extendió sus brazos en cruz y con los ojos como dos luceros fijos en el cielo y un pie sobre el otro “estuvo así como 15 minutos, ya en su última agonía y con la mente puesta en Jesús crucificado dió dos bostezadas y expiró”.... “quedó de pie ya muerta y una hermana la sujetó por la espalda para sostenerla y luego se fue inclinando suavemente el cuerpo de la difunta sin bajar los brazos ni apartar los pies y recostó su cabeza sobre la almohada”....
     Según relato de Sor Josefa, velaban sus restos entre otros, su fiel amigo y protector el buen Antuñano y gran cantidad de público cuando para asombro de todos entre las 10 y 11 de la noche, extendió de repente sus brazos en cruz, con los dedos unidos en los extremos y curvados hacia las palmas de las manos, asombrados los volvieron a colocar a su posición normal pero este prodigio se repitió varias veces. Al cabo de un rato, estando nuevamente en cruz, bajó su brazo derecho hacia el mismo con los dedos estirados y su brazo izquierdo lo descanzó sobre su corazón.
     Estuvo 4 días su cuerpo insepulto, durante estos días, tullidos que entraron cargados salieron caminando normalmente, enfermos que sanaron y un sacerdote que padecía de sordera milagrosamente volvio a oír. Al tercer día llegó un cirujano y le hizo una incisión en la frente y de la herida manó profusamente linfa y sangre.
     El día de su entierro, su cuerpo fue vestido con hábito y capa, colocado sobre una frazada doblada 6 veces dentro de un féretro, aún así la sangre continuó brotando y manchó los hábitos de los sacerdotes de la Merced que cargaron el ataúd hasta su sepultura. 


 
 
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