Historia del Señor de los Milagros
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Se ordena borrar la imagen


     Habían transcurido 5 meses desde que se inició el culto a la imagen los días viernes en la noche cuando el párroco de San Marcelo fue informado de ciertos excesos y desordenes.
     Empero, dado que la gente acudía en masa a estas reuniones atraída más por la novedad que por la devoción, muchas veces se produjeron hechos de índole distinta a las prácticas religiosas y católicas, por lo que las autoridades civiles y eclesiásticas prohibieron las reuniones en la "zona de Pachacamilla" y ordenaron borrar la imagen del Santo Cristo y de los demás santos que hubieran. Sin embargo los designios de Dios tenían previsto algo distinto. 
     Dicha orden se cumplió entre el 6 y 13 de setiembre de l671 por una comitiva especial, compuesta por el promotor fiscal del Arzobispado, un notario, un indio pintor de "brocha gorda" y el capitán de la guardia del Virrey, Don Pedro Balcázar, escoltada por dos escuadras de soldados en caso se produjesen desmanes por la cantidad de vecinos y curiosos que rodeaban el lugar. 
     Según está registrado en el Archivo Oficial de las Nazarenas, una multitud miraba aterrada cómo se acercaban los enviados del Virrey a borrar la imagen.
     El indio pintor de “brocha gorda” fue el primero en intentar borrarla, descendiendo lleno de pavor no sin antes sufrir violentas convulsiones, teniendo que ser atendido de inmediato para proseguir con su labor. Cuentan que al reaccionar intentó nuevamente subir y borrar la imagen pero fue tanta la impresión causada que bajó raudamente con temblores y escalofríos y se alejó asustado del lugar sin culminar con la tarea encomendada.
     Prometíendole mejor paga, un segundo hombre se acercó a la imagen. Sin embargo, su intento se truncó al ver algo en ella, pues, según cuentan, él sufrió una parálisis en el brazo, retirándose confudido. 
     Siendo las cuatro o cinco de la tarde, un tercero intentó borrarla. Un soldado de Balcázar de ánimo más templado, al ascender las escaleras exclamó que se ponía la imagen más bella y admiraba la verde corona, bajó impresionado diciendo que él no se atrevia a borrar la imagen. 
Inesperadamente el clima cambió totalmente de una hermosa tarde soleada a un oscuro cielo, desatandose un extraño y violento aguacero. La gente no resistió más y comenzaron a protestar airadamente, obligando a retirarse a las autoridades civiles y eclesiásticas.
     El Virrey de ese entonces, Conde de Lemos, junto con el provisor y vicario general fueron informados de lo acontecido esa tarde en Pachacamilla. Asombrado por lo ocurrido, revocó inmediatamente la orden y se acordó que en ese mismo lugar se rinda culto y devoción a la portentosa imagen de Cristo Crucificado.



 
 
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