Historia del Señor de los Milagros
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Andrés de León


    
Entre los años de 1670 y 1671, 16 años después del fatídico terremoto, según los relatos de la época, aparece un hombre: Andrés de León, que era un nativo cirineo y llegó a vivir en la parroquia de San Sebastián; hombre sencillo y piedoso de escasos recursos que en su diario caminar contemplaba el solitario y descuidado muro donde años antes el angoleño pintara al Cristo Crucificado. Fue así como despertó en él la devoción que le llevó a reforzar el leve muro con sus propios recursos así como también ciertos arreglos, como una ramada para que no lo dañen las lluvias y un altillo para las velas, que dieron mayor comodidad para rendirle culto, sin imaginar que a partir de entonces crecería la devoción al sagrado Cristo de Pachacamilla. 
     Esta valoración hacia la imagen se vio fortalecida por un hecho grandioso en la vida de León pues, según cuentan, éste padecía de constantes y espantosos dolores de cabeza debido a un tumor maligno que los médicos, hasta ese momento, no habían logrado curar. Fue entonces cuando León acudió a la imagen y postrándose frente a ella, imploró al Cristo crucificado que remediara su mal, deseo que le fue concedido acabando así su desesperado tormento. Nace entonces en él una más firme convicción religiosa que difundió entre todos sus conocidos, lo que causó que en pocas semanas el culto creciera. En poco tiempo el Cristo pintado se empezó a llenar de ofrendas de oro y plata por los favores recibidos.
     Entre los creyentes predominaba la gente de color, quienes iniciaron las reuniones los viernes en la noche, y alumbrados por las llamas de sus ceras, llevaban modestas flores, perfumando el ambiente con el sahumerio; todos al unísono entonaban fervorosas plegarias y cánticos al son de arpas, cajones y guitarras. 
      Los negros le rezaban sin freno, las mujeres llevaban a sus hijos a que miren la cara de Dios omnipotente. Nada los detubo. Ni siquiera la orden del nuevo dueño de esos terrenos que consideraba todo aquello una herejía de esclavos y mandó cubrir la imagen con pintura. Por cinco veces lo hizo y por cinco veces también la imagen volvió a aparecer más clara y nítida que cuando fue pintada. No había vuelta que darle: Dios estaba allí.


 
 
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